 Foto: Organización Festival Canarias Jazz & Más. Marcus Miller y su bajo. Escribir sobre el punto y final del XIX Festival Canarias Jazz & Más Heiniken se me hace tremendamente difícil. No sabe uno por dónde empezar, si por la proverbial labor de Miles en el Estilo o en la capacidad, indudable, de Marcus Miller de engatusar al público o, acaso, por la gran labor desempeñada por su banda. En definitiva, por partir el melón por algún lado, quizás es mejor situarse a las nueve de la noche del pasado domingo 18 de julio, con un lleno que podemos cifrar en el 80 por ciento, la Sala Sinfónica del Auditorio de Tenerife se engalanaba con sus mejores atuendos para recibir el bajo Fender de uno de los artistas que más han hecho por su manera de tocar el instrumento. Hoy todavía se puede considerar como uno de los músicos más influyentes en las nuevas generaciones de bajistas. Un total de hora y cincuenta minutos de show en la que Miller nos hizo partícipes del recuerdo de uno de los discos transcendentales de los apáticos años 80. Miles sacó el álbum Tutu en 1986 con la compañía Warner Bros. Y era, desde su título, un tributo a la figura del religioso, pacifista y revolucionario sudafricano, Desmond Tutu. Nobel de la paz en 1984, Tutu formó parte de manera muy decisiva para el final del terrible movimiento segregacionista del Apartheid, definió al Estado resultante, después de la catarsis, en Sudáfrica como la “Nación del arco iris”.
Todo ello viene a desembocar en el año 2010 -y desde hace dos- en el que Miller está realizando, en esta gira, un tributo de un tributo. Probablemente no pueden haber tributos más merecidos que de Miller a Miles y de Miles a Tutu. El disco de 1986 fue compuesto, casi en su totalidad, por Miller y también tuvo lujosas aportaciones de George Duke. Pero claro, contaba con el sello de calidad de Davis, firma absolutamente indisoluble del resultado final. Con estas referencias no podía pasar otra cosa de lo que sucedió. Era imposible que esas canciones que marcaron los 80 Miller no tuviera tiempo para lucirse, para introducirnos en ese paraíso musical. No obstante si habían algunas interrogantes ¿Los cambios surgidos desde la salida de este tributo del Christian Scott se notarían en el evento? Miller es conocido por confiar en la juventud musical. Y acertó. Contó para el concierto, como también hace en esta gira Gonzalo Rubalcaba, con músicos jóvenes de una tremenda valía y que tienen todas las papeletas para sustituir a los grandes del Jazz. Y cuando decimos jóvenes, lo son realmente. Un ejemplo palpable lo tenemos en el caso de Alex Han, saxo de New Jersey de solo 22 años de edad, que ya se atreve con una gira tan exigente como la de Miller. Sean Jones, trompetista, cuenta ya con cinco trabajos en su haber y tampoco se queda atrás en calidad. Lo mejor que se puede decir de Jones es que no se echó en falta el talento de Scott y que tuvo momentos absolutamente cumbres, con una particular manera rápida de disparar el aire en las notas. También es de destacar la intervención en el quinteto de Federico González Peña, de origen español/argentino, que hizo las delicias con una multitud de teclados (Moog, Hammond). Todo ello aderezado por otro joven batería que da muy bien el tempo necesario en el funk de Miller, Louis Cato. Cato fue el único que no tuvo tiempo para hacer su solo. Pero no nos dejemos engañar, fue un metrónomo perfecto y necesario para el buen desenvolvimiento de un Miller pletórico. Es importante reseñar lo genial de la actuación de éstos músicos. Miller podía haberse rodeado de un grupo de músicos que cumpliesen de manera mínima el cometido para qué, con menor exigencia, fuera él y su bajo el único que brillara. Lo que se suele llamar una banda hecha a la medida del genio. No fue el caso. Y sí, Miller tiene geniales participaciones, su bajo es protagonista, cuando lo afila y saca esas notas imposibles se cataloga como rey de la velada, pero la calidad de sus instrumentistas supuso un celofán de lujo para su labor. En ocasiones desafino la primera cuerda de su instrumento, y ahí empezaba a jugar. Se notó que se divierte. Que la música era su juguete y que seguirá en esto mientras así sea. Miller, como mandamás bondadoso, supo cuando dar a sus lugartenientes las pertinentes órdenes de entrada. Y éstos aprovecharon la invitación. Ese trío de Peña/Jones/Han dejó bocabierta a la concurrencia. En cierto momento, Marcus abandonó el bajo y abrió una tremenda conversación con los vientos, era el esperado show con su clarinete bajo ¡Qué lujo! Dio la sensación de estar ante un Leonardo Da Vinci de la música de nuestros tiempos. No hay frontera con la que no se atreva. No hay universo inexplorado.
El menú estaba previsto. Pudimos degustar temas de ese vinilo como “Backyard Ritual” (George Duke). No obstante, Miller, a sabiendas de que el tiempo de Tutu no da para completar un show de hora y cincuenta, amplió repertorio con otras canciones de la misma época de Davis. Tuvimos, de muestra un botón, el placer de escuchar una versión espectacular de Jean Pierre (We want Miles, 1981), otra composición de la factoría Miller, esta vez con la participación de Al Foster. En ella la banda se pone a todo lo que da. Es una maquinaria que entra a matar. Dejó al respetable estupefacto con su conexión, con su capacidad de engranaje. El concierto llegaba a su fin con el esperado momento, sonaba Tutu (Canción que da título al proyecto y al cd). No hay maneras para expresar la sensación que sentimos. Fue lo más parecido a estar de nuevo en un espectáculo de Davis (muerto en 1991). En ciertos aspectos nos pareció que Sean Jones era el trompetista nacido en Illinois en 1926. Y no era por su manera, muchísimo más amable de estar en escena, sino por la excelente capacidad de llegar a todos los tonos, de imitar cuando tenía que imitar y de aportar de su propio amplio catálogo de recursos cuando ello era menester.
A la hora y cuarenta y cinco minutos de espectáculo Miller y sus chicos abandonan el escenario. Pero el público, completamente en pié, no está dispuesto a irse. Es de destacar el magnífico número de seguidores, de todas las edades, con los que cuenta el bajista en un lugar como Tenerife. Todavía, por estos lugares, es muy recordada su actuación en el año 2002. Y el concierto finaliza con un único bis, con la promesa de Marcus de volver y con una comunión plena entre genio, banda y espectadores.
Y hasta ahí llegó, el Festival Canary Jazz & Más Heiniken en su diecinueve edición es historia. Una semana y dos días de tremenda calidad que ha recorrido buena parte de la geografía canaria y que ha sido una oportunidad ni que pintada para recordar, para sorprendernos, para bailar, para sentir, para tributar, en definitiva al estilo que a todos nos enamora, el jazz y también visitar a “más” estilos musicales. Destacar a algo sobre lo demás es soberanamente injustos. Hubo para todos los gustos. Desde el Jazz clásico pasando por el Smooth, desde tributos como Tutu o a Lady Day hasta la tremenda originalidad de Christian Scott o Jacques Schmarz Bart y sus cuartetos ¿Cómo olvidarnos de las grandes noches que nos regalaron Ari Hoenig o Miguel Zenón? También hubo espacio para el jazz hecho en Canarias, con la bandera de la calidad. Dan testimonio de este último apartado el concurso de bandas como Funkfarria, José Alberto Medina Trío, Three, Yul Ballesteros Quartet, Cejudo Quintetus, Fermez Quartet y, de adopción, Ricardo Curto Trío. Acaba de irse esta edición y ya estamos esperando que aventuras y desventuras nos atenderán en el próximo, cuando se cumple nada más y nada menos que 20 años de historia. Y que Aitiden, quizás este redactor, y su maquinita esté ahí para contarlo.
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